Antes de nada, decir que andaba bastante descontento con la organización del concierto de Sevilla. Aún así, después de leer (por ejemplo aqui) alguna crónica de lo que se vivió en el concierto de Valencia, tengo que estar agradecido y todo.

Empecemos por la compra de entradas. La web colapsada. Por teléfono no había posibilidad de elegir ubicación. Símplemente te asignaban “el mejor lugar que quedara disponible para el precio escogido”. Me da la impresión que se limitaban a darlas por orden. Las compramos en cuanto salieron a la venta y nos tocó en un extremo. Un poco raro, la verdad. Aún así, la visibilidad era semejante desde toda la zona y poco más se podía hacer por teléfono. Lo ideal hubiera sido poder haber realizado la compra por internet desde el principio y escoger los asientos concretos. La comisión, la misma por teléfono e internet, 8 euros.

Concierto Madonna

Sí, lo que hay ahí entre tanta gente es una barra…

Y se acerca el día del concierto. El día antes, mis cuñados, muy previsores, llevaron el coche hasta el estadio y lo aparcaron en una zona desde la que previsiblemente íbamos a poder salir sin demasiados atascos. Llegamos en taxi al estadio y ¿donde está el coche? Resulta que el mismo día del concierto, el ayuntamiento de Sevilla había decretado la zona donde estaba aparcado el coche (junto con bastantes más) “zona prioritaria de evacuación” o algo así, arramblando con todo cacharro aparcado. ¿Tanto cuesta colocar unos carteles días antes del concierto? El espectáculo era para verlo, aceras llenas de pegatinas triangulares con los datos de los vehículos retirados.

Entramos en el estadio una hora antes del concierto. Sin colas ni aglomeraciones. Muy tranquilo todo. Llegamos a nuestros sitios y todo bien. La pega llega cuando pretendemos acceder a las barras. Veinticinco minutos para conseguir una bebida. No quedaban tickets de cerveza, pero sí cerveza. Por lo visto tampoco había hielo (supongo que dependiendo de la barra, porque a nosotros sí que nos pusieron). De comer tampoco quedaba nada.

A la hora de salir del recinto, intento ir a los servicios y ¡no me dejan! Sólo le faltó un palo al tipo de seguridad para echarme a grito de “¡bicho, bicho!”. ¡Cinco mil duros de entrada para que no me dejen ir al servicio al terminar el show! Dantesco. Esperaba que por el precio que costaban las entradas, al menos tuvieramos una barra y unos servicios fácilmente accesibles, pero parece ser que no.

La pista comenzaron a despejarla recién acabado el concierto. Encendieron las luces y varios trabajadores unidos por una cinta iban avanzando por el campo azuzando a la gente hacia la salida. Tampoco había visto esto nunca.

Una vez fuera, el caos típico que se espera cuando salen 50.000 almas a la vez de un recinto. Nosotros fuimos andando hasta cruzar el puente del Alamillo, donde pudimos cazar a un taxista que pasaba por allí con su lucecilla verde (y que al parecer nadie vió). ¡Menuda suerte!

Para no ser injusto, debo señalar que, según cuentan, la zona de “Front Barricade” sí que funcionó muy bien. Hubo gente que accedió relativamente tarde (más allá de las 20:30, cuando el concierto era a las 21:30), estando en un buen sitio y sin agobios ni empujones ¡que envidia! Ya se donde tengo que ir para la próxima, ahora que se está poniendo de moda separar la zona de pista general de la más cercana al escenario.

Resumiendo: particularmente esperaba que por el indecente precio que costaban las entradas los servicios hubiesen estado algo más a la altura. El Front-Barricade parece que compensa mucho más. Tambien debo estar mal acostumbrado por ir a conciertos “pequeños” donde es relativamente fácil estar cerca del escenario. Por lo demás, como ya he comentado antes, el concierto espectacular.