Hace unos días me encontraba a través de meneame un interesante artículo sobre la explicación del origen de los ojos azules.

Hans Eiberg es el investigador danés padre del descubrimiento. Básicamente, el estudio parece demostrar que el resultado de la existencia de los ojos azules se debe a una única mutación acaecida hace unos 6000 o 10000 años. Comprobando el código genético de distintas personas, se comprueba que las cadenas implican que todos ellos descienden de un único especimen.

Realmente fascinante. Pero no es aquí donde quería yo llegar. El otro día, comentando el hecho con un conocido, tras relatarle el anterior párrafo contestó:

– ¡Anda! ¿Y los verdes?

Profunda reflexión. De repente me imaginé al pobre Eiberg, dedicado durante toda su vida al estudio y la investigación. Tras largos años de trabajo consigue el que será el logro más importante de toda su carrera: demostrar que los ojos azules provienen de una única mutación. Al primer ser ajeno al mundo académico con el que decide compartir su alegría le responde: “¿Y los verdes?”.

¡Demoledor!

Si es que se te quitan las ganas de hacer nada. ¿Podría alegar enajenación mental el pobre Hans si decide patearle los higadillos al interfecto en cuestión? Menuda forma de echar por tierra tantas horas encerrado en el laboratorio. A cualquiera dedicado a alguna rama científica le sonará la cantinela. Más de una vez me he encontrado en una situación parecida, fruto de intentar compartir un logro personal o profesional con alguien de mi entorno. Afortunadamente, aún no he encontrado a nadie que me infravalore un número de años semejantes a los de la investigación del pobre Hans, pero no pierdo la esperanza.

Si todavía hay alguien que aún no ha pillado la trascendencia del asunto, que repita conmigo cual mantra: “¡Que no es tan fácil leñes!”.

Ya está. Mucho mejor, ¿no? Yo al menos me he quedado más a gusto.

Más info: