Estoy que me caigo de sueño.

Esta semana me he incorporado al trabajo, lo que implica estar en planta a las siete de la mañana. Normalmente esto no es ningún problema. Si antiguamente siempre me he calificado como ave nocturna, en los últimos años he adquirido un cierto gusto a madrugar y luego desquitarme con una siestecilla.

Como sabeis la mayoría de los que pasais por aquí, vivo en la costa, en una zona eminentemente turística. Eso conlleva que en la época estival, una urbanización que suele estar medio vacía se llene de veraneantes. Como siempre, basta con que haya un par de manzanas podridas para que amarguen la existencia del resto de vecinos. Algun que otro elemento itinerante, como tampoco va a pasar mucho tiempo por la zona y no piensa volver, se preocupa bien poco del descanso de los demás. Si tiene que estar en la terraza de parranda, pegando gritos y carcajadas que retumban en todo el recinto ¿qué más da?

El de ayer fue algo especial. Muchas noches, aparece en escena un perro, que por el timbre de su ladrido tiene que ser más bien poca cosa, que se pone a ladrar de madrugada. Basta que se asome la “vigilanta de la piscina” (a.k.a. señora mayor que conoce todos los entresijos de la vida en la urbanización) a la terraza, suelte una voz, y el dueño o dueña del animalillo lo mete para dentro de la casa. Fin del problema.

No se qué pasaría ayer, que el susodicho dueño no apareció. Habría salido a cenar o algo, que hasta las 3:30 de la mañana estuvo el “animalico” comunicándose con sus congéneres callejeros. Todavía no tengo localizada la procedencia exacta de los ladridos. Aunque acaban de empezar de nuevo no consigo ver ningún animal en las terrazas. Así de pequeño será.

Por si fuera poco, tampoco es que me pueda desquitar al medio día. Y es que los animales nocturnos son sustituidos por nenes asilvestrados que hacen la piscina suya. Los niños, al igual que el perrillo, no tienen culpa de nada. No se como los padres no les inician en la sana costumbre de la siesta, al menos el par de horas que dura la sobremesa.

Y digo yo, ¿qué solución tiene esto?

Hace tiempo leí una historia, no recuerdo donde, en la que se recomendaba el “método del palillo en el portero automático”.

[Método del palillo en el portero automático]: Pongamos que unos vecinos han estado pasándoselo bastante bien a costa del descanso propio y ajeno. Si, como es mi caso, a la mañana siguiente hay que madrugar, nada más relajante que localizar el piso y letra de los responsables y dejar, a modo de agradecimiento, el botón de su portero automático apretado con ayuda de un simple palillo de dientes. De esta forma, tendrá que levantarse y bajar hasta la entrada del edificio para poder seguir durmiendo.

Es un método que símplemente me pareció genial cuando lo escuché. Todavía no he tenido ocasión de ponerlo en práctica o, al menos, me he contenido. Símplemente dejo las instrucciones por escrito por si a alguien le es de utilidad. Por mi parte, espero que esta noche el “animal del dueño” cuide de su mascota como es debido. Todos se lo agradeceríamos. Y yo el primero, que se me ha olvidado pasarme por la farmacia a comprar unos tapones para los oidos. Menos mal que se va acabando el verano y volveremos a la tranquilidad acostumbrada :-)